The girls at the bar were wearing these phony dresses with glitter and all. That got me depressed as hell, it truly did, I couldn't stand it. If there’s one thing I can’t stand is phony girls at fancy bars, I swear to God, I don’t know why. The pianist started playing a lousy song. I paid the check and went out to the street. It was late but people were still flowing into the bars. They all were a bunch of phonies. I had never seen so many phonies at once. It started to rain again and I felt like giving old Jane a buzz.
I went to the booth but when I got there I wasn’t in the mood anymore, you gotta be in the mood for this kind of things. But for Chrissake I wanted to ask her so much if she still keeps her kings in the back row. I put the coin in the phone and gave her a buzz. Her mother picked up, you could tell she wasn’t awful happy about me calling this late, but I didn’t care, sure as hell I didn’t. She finally put Jane on the phone:
- Hey Jane, do you still keep your kings in the back row? I gotta know.
Thursday, July 17, 2014
Thursday, July 10, 2014
Aquellas tardes
Yo he atravesado medio mar hasta estas calles tan llenas de cosas que no me importan. Era diferente hace tantos años, cuando estaba con esa gente en el precipicio de mí, de ellos, del té que tomábamos las tardes de música porque jamás nos llegaba la felicidad sino en las pequeñas cosas, en una conversación de saleta, en un grito de Janis, en un platillo para apoyar la taza. Pero ya es muy tarde, y uno se pregunta si volverá a ser el mismo. ¿Fue real? no puedo decir, después de tanto aparentar con el peinado ya no puedo decir.
Ahora todo es tan distinto pero Janis aún te parte ese órgano metafísico. Y a veces, solo a veces, cuando la cantidad de alcohol es justamente apropiada, te viene esa canción a la mente, y sientes la tetera chiflando en la cocina, desgarradoramente desde el pasado.
Ahora todo es tan distinto pero Janis aún te parte ese órgano metafísico. Y a veces, solo a veces, cuando la cantidad de alcohol es justamente apropiada, te viene esa canción a la mente, y sientes la tetera chiflando en la cocina, desgarradoramente desde el pasado.
Thursday, July 3, 2014
El Aleph
Aquel día era un día cualquiera, el sol había salido a la misma hora que el día anterior y quizás por eso se pondría también a la misma hora, siguiendo un ritual que Andrés creía comprender. Había un poco de viento, el cual rompía el calor y tumbaba algunas hojas de los árboles. Andrés caminó calle abajo por la acera cotidiana, pisando algunas hojas secas y provocando un crujido que no llamaba su atención. Pero todo terminaría pronto. La misma vieja lo saludó al entrar en la biblioteca, como si no lo conociera de venir todas las semanas y como mismo saludaba a los demás todos los días.
Andrés decidió husmear entre los libreros, ya que no venía a buscar algo en específico. Tomó un libro, el más polvoriento de todos y se lo llevó a la bibliotecaria. La vieja hizo el papeleo habitual y Andrés estuvo pronto camino a casa. Al llegar notó una esquina de su mochila un poco rota por el peso. Sacó el libro, se llamaba “Evidencias sobre la existencia de El Aleph”.
En la primera página había un extraño dibujo de pequeñas manchas y círculos que resemblaban casi cualquier cosa que se quisiera buscar en él, un caballo, un cine, un conejo, una nube que resembla otra figura. Estaba titulado “El Aleph” y en el borde inferior de la página se podía leer: “Este dibujo no pretende ilustrar ninguna concepción visual del Aleph.” Lo cual era raro, es un dibujo, ¿que más podría pretender?
Se paró y preparó una taza de café; empezar un libro siempre era la parte más difícil. El ritual de preparación duró unos 10 minutos. De ese ritual también formaba parte poner algo de música, no muy alta para no molestar a los vecinos, si es que alguno estaba en casa, y limpiar los espejuelos llenos de caspa y basurillas de no se sabe que origen y que solo se acumulan en los espejuelos de la gente.
Allá por la página 33 figuraba una entrevista con un viejo en una granja que decía nunca haber oído hablar de cosa llamada Aleph. El entrevistador hacía preguntas sobre los puercos y las vacas y los caballos y las gallinas y las lombrices, sobre las costumbres alimenticias de dichos animales, sobre las medidas en mal tiempo, sobre las cercas y los límites del terreno. Había una foto, el granjero era un hombre casi calvo, de una larga barba gris, y unos overoles llenos de tierra y maltratados. Ante la única pregunta sobre El Aleph contestó: “Aquí no hay tal cosa de la que me habla; y yo conozco todos los animales de estos parajes”.
Entrevistas de este tipo abundaban el libro: panaderos, doctores, bibliotecarios, políticos, convictos, prostitutas, niños, abuelos… Las entrevistas eran fabulosas, se adentraban mucho en la vida de los entrevistados, dejaban un sentimiento de vivir por un momento sus vidas, pero todos respondían con ignorancia ante la misma pregunta: ¿Ha oído hablar de El Aleph?
Cerca de las 9 de la noche releyó la última página. Nada quedaba claro sobre El Aleph. Se bañó, se vistió, y salió a ver una amiga con quién tenía un encuentro planeado. El libro rondaba su mente, ¿cuál era el significado de todo aquello? Un libro entero dedicado a El Aleph y no figuraba nada sobre él. Al llegar al café, Alicia no había arribado todavía, dio unas vueltas por el lugar, y todo le recordaba al libro, algún pasaje, alguna vivencia de otra persona, como si aquellas personas hubieran frecuentado también aquel café. Mientras limpiaba sus espejuelos de esas basurillas, sintió que lo llamaban desde atrás, se puso los espejuelos, se volteó y vio a Alicia, parada con una cinta de colores en el pelo, y los ojos con extraño matiz que el nunca antes había visto en otros ojos, y entonces, solo entonces, con la calle al frente, las hojas de los árboles cayendo, los espejuelos a medio limpiar y los ojos de Alicia, comprendió: El Aleph era todo, y todo era El Aleph.
Andrés decidió husmear entre los libreros, ya que no venía a buscar algo en específico. Tomó un libro, el más polvoriento de todos y se lo llevó a la bibliotecaria. La vieja hizo el papeleo habitual y Andrés estuvo pronto camino a casa. Al llegar notó una esquina de su mochila un poco rota por el peso. Sacó el libro, se llamaba “Evidencias sobre la existencia de El Aleph”.
En la primera página había un extraño dibujo de pequeñas manchas y círculos que resemblaban casi cualquier cosa que se quisiera buscar en él, un caballo, un cine, un conejo, una nube que resembla otra figura. Estaba titulado “El Aleph” y en el borde inferior de la página se podía leer: “Este dibujo no pretende ilustrar ninguna concepción visual del Aleph.” Lo cual era raro, es un dibujo, ¿que más podría pretender?
Se paró y preparó una taza de café; empezar un libro siempre era la parte más difícil. El ritual de preparación duró unos 10 minutos. De ese ritual también formaba parte poner algo de música, no muy alta para no molestar a los vecinos, si es que alguno estaba en casa, y limpiar los espejuelos llenos de caspa y basurillas de no se sabe que origen y que solo se acumulan en los espejuelos de la gente.
Allá por la página 33 figuraba una entrevista con un viejo en una granja que decía nunca haber oído hablar de cosa llamada Aleph. El entrevistador hacía preguntas sobre los puercos y las vacas y los caballos y las gallinas y las lombrices, sobre las costumbres alimenticias de dichos animales, sobre las medidas en mal tiempo, sobre las cercas y los límites del terreno. Había una foto, el granjero era un hombre casi calvo, de una larga barba gris, y unos overoles llenos de tierra y maltratados. Ante la única pregunta sobre El Aleph contestó: “Aquí no hay tal cosa de la que me habla; y yo conozco todos los animales de estos parajes”.
Entrevistas de este tipo abundaban el libro: panaderos, doctores, bibliotecarios, políticos, convictos, prostitutas, niños, abuelos… Las entrevistas eran fabulosas, se adentraban mucho en la vida de los entrevistados, dejaban un sentimiento de vivir por un momento sus vidas, pero todos respondían con ignorancia ante la misma pregunta: ¿Ha oído hablar de El Aleph?
Cerca de las 9 de la noche releyó la última página. Nada quedaba claro sobre El Aleph. Se bañó, se vistió, y salió a ver una amiga con quién tenía un encuentro planeado. El libro rondaba su mente, ¿cuál era el significado de todo aquello? Un libro entero dedicado a El Aleph y no figuraba nada sobre él. Al llegar al café, Alicia no había arribado todavía, dio unas vueltas por el lugar, y todo le recordaba al libro, algún pasaje, alguna vivencia de otra persona, como si aquellas personas hubieran frecuentado también aquel café. Mientras limpiaba sus espejuelos de esas basurillas, sintió que lo llamaban desde atrás, se puso los espejuelos, se volteó y vio a Alicia, parada con una cinta de colores en el pelo, y los ojos con extraño matiz que el nunca antes había visto en otros ojos, y entonces, solo entonces, con la calle al frente, las hojas de los árboles cayendo, los espejuelos a medio limpiar y los ojos de Alicia, comprendió: El Aleph era todo, y todo era El Aleph.
Thursday, June 26, 2014
Todos los escritores...
Todos los escritores en algún momento de sus vidas sienten la necesidad de destruir sus escritos. Algunos pretenden borrar una etapa de la que ahora reniegan y le encargan la tarea a un amigo desde el lecho de muerte. Si ellos supieran que el amigo no cumplirá el encargo, o que alguna colección post mortem incluirá una carta que envió y que el destinatario propició contento a la editorial, la peor de las cartas para borrar una etapa.
Otros se arman de fósforos y alcohol y en medio del patio, o en la azotea del edificio, hacen una hoguera, algunos juntan un gran bulto y le echan el alcohol y todo prende y es cenizas, otros empiezan por unos papeles en una pequeña llama y la van alimentando poco a poco, hoja a hoja. Si ellos supieran que las páginas destruidas rondarán sus próximas páginas, en forma de una frase aquí, una frase allá, moderada pero despiadadamente. Si ellos supieran, aún así lo harían.
Otros se arman de fósforos y alcohol y en medio del patio, o en la azotea del edificio, hacen una hoguera, algunos juntan un gran bulto y le echan el alcohol y todo prende y es cenizas, otros empiezan por unos papeles en una pequeña llama y la van alimentando poco a poco, hoja a hoja. Si ellos supieran que las páginas destruidas rondarán sus próximas páginas, en forma de una frase aquí, una frase allá, moderada pero despiadadamente. Si ellos supieran, aún así lo harían.
Thursday, June 12, 2014
Tu lugar en el mundo
La búsqueda de tu lugar en el mundo, pero no de ese concepto metatrancoso de “encontrar tu lugar en el mundo”, no, se trata de mucho menos que eso, o mucho más, depende de como se mire. Por sobre todo, no se trata de “lugar”, se trata del “tu”, que sientas que es tuyo. Irene a veces lo busca entre tantos cafés de París, porque no considera a París un lugar, se ha convencido a sí misma de que su lugar es algo más pequeño, una calle, una librería, un pasaje, hasta ha sospechado de un baño en el sótano de un restaurante.
La 65 va a la Gare de Lyon, pero Irene siempre duda en cogerla porque ella no va a la Gare de Lyon. Gare de Lyon, Gare de Lyon, ¡hasta aquí! de la Gare de Lyon. Camina en dirección opuesta, teme coger cualquier cosa con destino fijado, la Gare de Lyon, la Gare de Lyon, y es que Irene odiaba esta ciudad, como se odia al pajar donde se te ha perdido la aguja.
La 65 va a la Gare de Lyon, pero Irene siempre duda en cogerla porque ella no va a la Gare de Lyon. Gare de Lyon, Gare de Lyon, ¡hasta aquí! de la Gare de Lyon. Camina en dirección opuesta, teme coger cualquier cosa con destino fijado, la Gare de Lyon, la Gare de Lyon, y es que Irene odiaba esta ciudad, como se odia al pajar donde se te ha perdido la aguja.
Thursday, June 5, 2014
el poeta
yo sé
yo soy el poeta
y solo en mi habitación
ensucio el papel con unos trazos
ahogándome en las musas de tu ausencia
y es un gran poema y eso debería bastar
y por un momento me creo parte de ese grupo
al que pertenecen
Julio
Jorge Luis
César
yo sé
yo soy el poeta
pero yo preferiría
que tu fueras la poetisa
y yo
quien te rompe el corazón
yo soy el poeta
y solo en mi habitación
ensucio el papel con unos trazos
ahogándome en las musas de tu ausencia
y es un gran poema y eso debería bastar
y por un momento me creo parte de ese grupo
al que pertenecen
Julio
Jorge Luis
César
yo sé
yo soy el poeta
pero yo preferiría
que tu fueras la poetisa
y yo
quien te rompe el corazón
Thursday, May 29, 2014
Flor de agua
Ahí sentada de espaldas a mí,
te amo de cualquier manera.
tú no sabes lo que te amo.
Te amo pierna agitada,
te amo musgos en la acera,
te amo rejilla en el fondo de la piscina.
Mi flor de agua,
tan lejos de mi orilla.
No sabes lo que me inquieta tu espalda de espalda a la mía.
No sabes lo que me inquieta.
Si te tocara…
sentirías con el roce de mi mano todo lo que no te digo.
Mi pesadilla antes de despertar,
mi dedo restregando el ojo.
Se me caen los párpados como gorriones muertos.
te amo de cualquier manera.
tú no sabes lo que te amo.
Te amo pierna agitada,
te amo musgos en la acera,
te amo rejilla en el fondo de la piscina.
Mi flor de agua,
tan lejos de mi orilla.
No sabes lo que me inquieta tu espalda de espalda a la mía.
No sabes lo que me inquieta.
Si te tocara…
sentirías con el roce de mi mano todo lo que no te digo.
Mi pesadilla antes de despertar,
mi dedo restregando el ojo.
Se me caen los párpados como gorriones muertos.
Thursday, May 22, 2014
no sabíamos de después
pero nosotros no sabíamos de después
como la amistad que un día destruiría
las ansias en el parque al lado de las casas ajenas
bien pudo ser la brisa que caía sobre las azoteas
que un día tú y yo no frecuentamos
porque había mucho que hacer en aquel mundo
de todos caídos a las seis de la tarde
y de aguaceros que solían venir detrás de los cantos
y tú tan pelo mojado rozando los ojos cerrados
Thursday, May 15, 2014
La curación
¿Cómo no destrozar en la ciudad los caminos que llevan a los rincones donde solíamos besarnos? A la curación hay que temerle si se debe cambiar a uno mismo, descamarse la piel dejando en el suelo los restos del tipo que disfrutaba cada expresión en tu rostro. La rana brinca y brinca. Es poca la ciudad que queda para que transite el nuevo tipo descortezado, a él se le cortarán los dedos de tanto tocar el aire, hay recuerdos ineludibles, la rana brinca y brinca sobre la piel desmembrada.
Tenía que doler, como duele la farola al otro lado de la calle, como duele la luz de la lámpara en la esquina del escritorio, como duele el final de tu libro favorito, pero quizás tenga sentido, a estas alturas vaya a saber si hay algún sentido. Lo importante era no dejarse caer, aguantar la muerte un momento más, quién sabe si la gran epifanía se encuentra cerca. Tenía que doler, como duelen las viejas fotos deshaciéndose en la lluvia.
Tenía que doler, como duele la farola al otro lado de la calle, como duele la luz de la lámpara en la esquina del escritorio, como duele el final de tu libro favorito, pero quizás tenga sentido, a estas alturas vaya a saber si hay algún sentido. Lo importante era no dejarse caer, aguantar la muerte un momento más, quién sabe si la gran epifanía se encuentra cerca. Tenía que doler, como duelen las viejas fotos deshaciéndose en la lluvia.
Thursday, May 8, 2014
Todos los estallidos
Como en todos los estallidos, el abrigo abre los brazos en dos, las vacas se revuelven, el delantal que te dejé estaba sucio y viejo, y los comensales se limpiaban los restos de carne y bebida de la boca. Teníamos que haber estado allí, entre los bares, entre las casas derrumbadas, perdidos en la ciudad para siempre, en la ciudad de siempre, corriendo por las calles y las aceras, nosotros, inseparables, gato en mano, perro en boca. Mírame, no queda aquello que una vez tuvimos, como niños con la boca abierta, esperando mamá pájaro, mamá cazador, mamá desafiante de principios y sombras. El reloj marcaba los tiempos de nuestra estancia, pero debía durar poco, como la frescura de la fruta recién caída del árbol, porque de cierta forma éramos la fruta, y no lo sabíamos o no queríamos saber, evitando ser el centro del mundo porque el centro del mundo de seguro quedaba en otro lado, nunca en las vacas ni en las casas destruidas. Hicimos, progresivamente, el principio de otra historia que jamás imaginamos, tú delantal viejo en mano, yo buscando mamá pájaro en otro lado.
Fíjate que tuvimos que correr, no era cuestión de páginas arrancadas de almanaque, como no son los callejones el fin de la huida, ni los escándalos el grito de histeria, pero teníamos que hacerlo, como abuela hace en la máquina de coser ciertas cosas que no entendemos. Cuidate mucho, y escribe que la distancia es un bicho alucinando de tanto chupar sangre. Sabrás que siempre te querré pero escríbeme que la distancia es un bicho. No comprendías que el bicho éramos tú y yo, bichos succionándose el uno al otro, feliz flujo de sangre. No me mires con esos ojos de que me extrañarás, porque eso lo veremos después, inevitablemente después, es que en estas cosas nunca puedes saber de antemano. Toma, los dedos son regordetes si los entrelazas con cintas. Pero no me mires así que me dan ganas de no sé que. De cogerte las cintas y alarte lejos de ti misma, lejos de todo resto de nosotros, no vale la pena conservarnos. ¿Qué haríamos con tanto trapo, con tanto susto? Mejor te resignarás a ser otra, a tener otro, aunque no nos atrevamos a decirlo, pero ha de ser, como ha de ser que un día nos encontremos y no sabremos que habrá pasado. Empecemos ya, que poco queda en estos parajes de quien alguna vez seré.
Toma esta mano, desechando los pasajes de algún libro que una vez leíste y déjate quedar. No hay lugar para dos en mi partida. Déjame caer en el vacío como sólo tú sabes, mi corazoncito de venas partidas, la aorta es un órgano muy grande muy grande. Quise extirpártelo pero no alcanzó el tiempo, solo así comprenderías este flujo que me falta, sufriendo en tus tejidos la misma carencia. Tengo hambre, no sabes el hambre que tengo, pero no te preocupes que pronto seré león y me comeré, entre otras carnes, tus vísceras putrefactas. Hay forma de evitarlo pero tú estás tan poco dispuesta, seré tu carnívoro, tu abrigo que no puedes alcanzar en lo alto del armario mientras el frío te parte la piel. Mi amor, yo no quiero ser el frío, yo no quiero ser el león, hay tantas cosas que no quiero, y tú me miras con esos ojos, basta ya, besos, nos vemos, escribe.
Subscribe to:
Comments (Atom)