Thursday, July 3, 2014

El Aleph

Aquel día era un día cualquiera, el sol había salido a la misma hora que el día anterior y quizás por eso se pondría también a la misma hora, siguiendo un ritual que Andrés creía comprender. Había un poco de viento, el cual rompía el calor y tumbaba algunas hojas de los árboles. Andrés caminó calle abajo por la acera cotidiana, pisando algunas hojas secas y provocando un crujido que no llamaba su atención. Pero todo terminaría pronto. La misma vieja lo saludó al entrar en la biblioteca, como si no lo conociera de venir todas las semanas y como mismo saludaba a los demás todos los días.

Andrés decidió husmear entre los libreros, ya que no venía a buscar algo en específico. Tomó un libro, el más polvoriento de todos y se lo llevó a la bibliotecaria. La vieja hizo el papeleo habitual y Andrés estuvo pronto camino a casa. Al llegar notó una esquina de su mochila un poco rota por el peso. Sacó el libro, se llamaba “Evidencias sobre la existencia de El Aleph”.

En la primera página había un extraño dibujo de pequeñas manchas y círculos que resemblaban casi cualquier cosa que se quisiera buscar en él, un caballo, un cine, un conejo, una nube que resembla otra figura. Estaba titulado “El Aleph” y en el borde inferior de la página se podía leer: “Este dibujo no pretende ilustrar ninguna concepción visual del Aleph.” Lo cual era raro, es un dibujo, ¿que más podría pretender?

Se paró y preparó una taza de café; empezar un libro siempre era la parte más difícil. El ritual de preparación duró unos 10 minutos. De ese ritual también formaba parte poner algo de música, no muy alta para no molestar a los vecinos, si es que alguno estaba en casa, y limpiar los espejuelos llenos de caspa y basurillas de no se sabe que origen y que solo se acumulan en los espejuelos de la gente.

Allá por la página 33 figuraba una entrevista con un viejo en una granja que decía nunca haber oído hablar de cosa llamada Aleph. El entrevistador hacía preguntas sobre los puercos y las vacas y los caballos y las gallinas y las lombrices, sobre las costumbres alimenticias de dichos animales, sobre las medidas en mal tiempo, sobre las cercas y los límites del terreno. Había una foto, el granjero era un hombre casi calvo, de una larga barba gris, y unos overoles llenos de tierra y maltratados. Ante la única pregunta sobre El Aleph contestó: “Aquí no hay tal cosa de la que me habla; y yo conozco todos los animales de estos parajes”.

Entrevistas de este tipo abundaban el libro: panaderos, doctores, bibliotecarios, políticos, convictos, prostitutas, niños, abuelos… Las entrevistas eran fabulosas, se adentraban mucho en la vida de los entrevistados, dejaban un sentimiento de vivir por un momento sus vidas, pero todos respondían con ignorancia ante la misma pregunta: ¿Ha oído hablar de El Aleph?

Cerca de las 9 de la noche releyó la última página. Nada quedaba claro sobre El Aleph. Se bañó, se vistió, y salió a ver una amiga con quién tenía un encuentro planeado. El libro rondaba su mente, ¿cuál era el significado de todo aquello? Un libro entero dedicado a El Aleph y no figuraba nada sobre él. Al llegar al café, Alicia no había arribado todavía, dio unas vueltas por el lugar, y todo le recordaba al libro, algún pasaje, alguna vivencia de otra persona, como si aquellas personas hubieran frecuentado también aquel café. Mientras limpiaba sus espejuelos de esas basurillas, sintió que lo llamaban desde atrás, se puso los espejuelos, se volteó y vio a Alicia, parada con una cinta de colores en el pelo, y los ojos con extraño matiz que el nunca antes había visto en otros ojos, y entonces, solo entonces, con la calle al frente, las hojas de los árboles cayendo, los espejuelos a medio limpiar y los ojos de Alicia, comprendió: El Aleph era todo, y todo era El Aleph.

No comments:

Post a Comment